En las quintas de Entre Ríos persiste una crisis silenciosa que obliga a los productores a tomar decisiones cada vez más difíciles. La trayectoria de una familia que cultiva naranja y mandarina desde hace casi un siglo ilustra perfectamente las tensiones económicas que atraviesa hoy el sector.

Lo que comenzó como un emprendimiento ambicioso en 1926 se ha transformado gradualmente en un desafío de supervivencia. La explotación que alguna vez abarcó 150 hectáreas ha sido reducida progresivamente hasta apenas 25 hectáreas hoy. Detrás de estas cifras hay decisiones dolorosas, abandono de tierras y la aceptación de una contracción inevitable.

Las causas de este deterioro son múltiples y se refuerzan mutuamente. El mercado citrícola padece de un problema estructural de exceso de oferta, lo que genera competencia feroz entre productores y depresión permanente de precios. Simultaneamente, la comercialización de la fruta se ha vuelto cada vez más complicada, con menos canales disponibles y mayores dificultades para colocar los volúmenes producidos.

El elemento más crítico, sin embargo, es la rentabilidad. Los números no acompañan: los ingresos por venta de cítricos no alcanzan para cubrir los costos de producción de manera que permita sostener y mejorar las operaciones. Cada ciclo productivo se cierra con márgenes cada vez más ajustados, insuficientes para mantener vivas las explotaciones.

Ante este escenario, la lógica económica elemental lleva a planteos incómodos. Cuando se analizan fríamente los números, la conclusión es inevitable: no resulta conveniente continuar. Esta realidad ha llevado a muchos productores a abandonar parcialmente sus tierras o a cambiar de rubro.

La historia de esta familia resume así la encrucijada actual del sector citrícola entrerriano, donde la viabilidad económica de las explotaciones está cada vez más en cuestión.

Imagen: Magda Ehlers / Pexels – Con informacion de Clarín Rural

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